La noche del domingo 26 de octubre el Foro Indie Rocks!, en la colonia Roma Norte, abrió sus puertas a una experiencia que trascendió el simple hecho de asistir a un concierto. Con su aforo íntimo y su acústica precisa, el recinto se convirtió en el escenario idóneo para recibir a una de las bandas más influyentes y enigmáticas del rock alternativo: The Brian Jonestown Massacre, liderada por el inagotable Anton Newcombe.

Foto: Lukas Isaac / Visor Rock
Entre los asistentes se distinguían rostros que llevan décadas siguiendo a la banda, así como jóvenes que apenas comienzan a explorar ese universo sonoro donde convergen el garage, el shoegaze y la psicodelia. Las luces del foro, en tonos azulados, rojos y violetas, creaban un ambiente etéreo que anticipaba algo más que un simple recital: una ceremonia musical. En el escenario, la disposición era sobria, casi minimalista. No había artificios, sólo lo esencial: guitarras, bajos, batería y una energía contenida a punto de estallar.
Cuando Anton Newcombe apareció, la ovación fue inmediata. Con su habitual serenidad y un aire de distancia que le es característico, agradeció la calidez del público mexicano y prometió que aquella noche valdría la pena. Y cumplió. Acompañado por la icónica pandereta de Joel Gion, la banda dio inicio con “Whoever You Are”, un arranque contundente que envolvió al público en una corriente hipnótica. Sin pausa, siguieron con “Vacuum Boots”, cuyo ritmo crudo y guitarras distorsionadas marcaron el tono del viaje sonoro que estaba por venir.

Foto: Lukas Isaac / Visor Rock
A medida que avanzaba el setlist, el sonido se expandía con una fuerza hipnótica. “Do Rainbows Have Ends” trajo consigo una atmósfera más introspectiva, con un diálogo sutil entre las guitarras y la voz de Newcombe, mientras “That Girl Suicide” encendió la euforia colectiva, recordando a los asistentes por qué esta banda es un referente ineludible de la psicodelia moderna. Entre canción y canción, el público respondía con entusiasmo, coreando, balanceándose y perdiéndose en las texturas sonoras que llenaban cada rincón del foro.

Foto: Lukas Isaac / Visor Rock
Con “Days, Weeks and Moths”, la banda alcanzó un punto de comunión total: el sonido se convirtió en un flujo continuo, una mezcla de melancolía y energía expansiva que parecía suspender el tiempo. Luego llegó “When Jokers Attack”, con su inconfundible riff y su espíritu desafiante, una pieza que hizo vibrar al recinto de principio a fin. En ese momento, Newcombe y su grupo parecían flotar en un equilibrio perfecto entre precisión instrumental y caos creativo.

Foto: Lukas Isaac / Visor Rock
El tramo final del concierto fue una catarsis colectiva. “Anemone”, una de las joyas más celebradas de su repertorio, desató una oleada de emoción: su cadencia hipnótica y su melancolía luminosa conectaron profundamente con el público. “Pish” mantuvo la intensidad con su aire casi ritual, mientras que “Servo” cerró el ciclo con un estruendo que dejó al público en estado de trance, entre aplausos, gritos y una sensación de haber sido testigo de algo irrepetible.

Foto: Lukas Isaac / Visor Rock
Lo que se vivió esa noche no fue simplemente una sucesión de canciones, sino una narrativa sonora tejida con capas de sonido, silencios y texturas que se expandían como ondas. Cada pausa y cada regreso al sonido eran un recordatorio de que la experiencia no era solo auditiva, sino emocional y colectiva.

Foto: Lukas Isaac / Visor Rock
The Brian Jonestown Massacre demostró que sigue siendo un referente de autenticidad y resistencia. Su presentación no sólo ratificó su vigencia, sino también su capacidad de transformar un espacio pequeño en una experiencia inmensa, la banda no buscó impresionar con artificios, sino conectar con una honestidad brutal. Y lo logró. En medio del humo, las luces y los ecos prolongados, se selló un pacto silencioso entre Anton Newcombe y su público mexicano: el de seguir creyendo que la música puede, todavía, trascenderlo todo.
Maria Teresa Castilla
Fotos: Lukas Isaac

Foto: Lukas Isaac / Visor Rock